
Escritura:
Historia: 
Personajes: 
Ritmo: 
Nivel de amor: 
Puedo contar casi con una mano los libros que he leído más de 2 veces: el tristísimo Peluso de mi infancia, las dulces y sufridoras Mujercitas, las increíbles peripecias de Los Cinco, la magia Azkabanosa de Harry Potter, las andanzas de la súper detective Trixie Belden, alguna otra delicia… y Cinco panes de cebada, de Lucía Baquedano.
Cinco Panes de Cebada es un librito que se lee en una tarde: sencillo, claro, breve, encantador, realista, muy navarro, sonriente, suave, especial, evocador y familiar.
Esta fue la primera obra publicada de la señora Lucía: vio la luz en los ’80 y hoy ya ha alcanzado y superado su Trigésimo Sexta edición…
Algo tienen esos panes de Baquedano que nos atraen como las abejas a la miel.
Con una narración segura, algo anticuada para los estándares actuales (tenía que decirlo ^*^), muy humana, fluida y sencilla, Cinco panes de cebada cuenta la historia de Muriel, una jovencita recién salida de la universidad y con el mundo a sus pies.
Ha estudiado magisterio y, como toda maestra novata e ingenua, ganas e ilusión no le faltan…
Aunque se derrumbará un poco cuando la destinen a Beirechea, un pueblecito del pirineo navarro perdido entre montañas, vacas y gente que la mirará como si fuera una intrusa.
–Pero ¿qué me dices de los otros chicos, de los grandes? No me negarás que los de este pueblo son más majos que los de otros sitios. Y buenos chicos, además.
–De esos no tengo nada que decir. Se los ha debido de tragar a todos la tierra.
–Oye, pues incluso hay uno soltero, y que tiene un puñado de acciones en la Papelera: ¿no es verdad, Pello? ¿Eh, Tomás?
Los dos hermanos asintieron, y sin dejar de trasegar el bacalao, rieron socarronamente, con mucha malicia. Se daban significativos codazos y me miraban de reojo, por lo que deduje que el acaudalado accionista tendría tantos años como acciones.
–No, gracias. No me gustan los calvos –dije cortésmente.
Se echaron a reír. No sé por qué, pero todo lo que yo decía les hacía mucha gracia.
Esto es Cinco panes de cebada: un pueblo pequeño de gente hosca a la que Muriel tiene que ganarse.
Le miran raro, la subestiman; se burlan de sus maneras de ciudad, de lo fina que se muestra a veces, de su ignorancia acerca de todo lo relacionado con la cosecha y el ganado; desprecian su esfuerzo por animar a sus pupilos a leer y a estudiar…
Sin embargo, nuestra joven profesora se sentirá torpe, sola, triste y derrotada sólo al principio de su historia: en cuanto comprenda que no todo es tan malo ni diferente como aparenta y que esas gentes son simplemente tímidas e incultas, Muriel logrará hacerse un huequito en Beirechea…
Probablemente para quedarse.
Y es que entre el cura, tan colega y lleno de consejos; la familia de acogida de Muriel en el pueblo, con la que tropieza y tropieza hasta convertirse
en una más; los amigos que se echa y con los que deberá andarse con tiento para no aceptar sin darse cuenta varias propuestas de matrimonio; y los alumnos de la escuela, tan pillos, dulces, analfabetos y necesitados; Muriel no podrá decir que no.
Y menos cuando comprenda que Javier, ese hombre rudo de mirada intensa, músico y buen lector, de carácter voluble, y tan-tan-tan atractivo; está hecho para ella.
Muriel no tendrá más opción que echar raíces en ese pueblo extraño, cálido, y de cuando en cuando, sorprendente.
Si además el paquete incluye un amor de los de toda la vida, la decisión está clara, ¿no?