La clase de baile

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La Clase de Baile, capítulo 1º.

Aquí tenéis el principio de esta obra chic-lit de Erica Orloff. Una novela romántica muuuuy divertida ^0^.

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Capítulo Uno

-Hola, bimbollito.

La mayoría de la gente cree que una llamada de teléfono a las 4:09 de la mañana es el anun­cio de algo fatal: un policía está a punto de de­cirte que tu hermano, tu madre o tu padre han muerto aplastados como un maldito cromo en el pavimento de la M-60. Pero en lugar de asus­tarme, yo pronuncio un nombre, como una maldición:

-¡Michael!

-Sí, cariño, soy yo.

Busco en vano el interruptor de la lamparita.

-Supongo que es absurdo preguntarte si sa­bes qué hora es.

-¿Qué tomaría Davis para desayunar?

-¿Desayunar?

-Porque creo que tomar huevos indicaría una sorprendente falta de preocupación por su sa­lud. Después de todo, su mujer lleva años dán­dole la tabarra sobre el colesterol y el tabaco.

Este podría ser un acto de desafío. Su manera de decirle al mundo que se vaya a tomar por culo, como tú, querida mía, tan elocuentemente di­rías.

-O a lo mejor prefiere tomar un huevo frito y una loncha de beicon, Michael. ¿Tan impor­tante es lo que tu personaje tome para desayu­nar?

Por fin encuentro el interruptor de la lampa-rita y, guiñando los ojos, alargo la mano para buscar el vaso de whisky que tengo siempre en la mesilla para conversaciones como ésta.

-Es vital.

-Michael, tú sabes que no puedo concen­trarme a menos que haya dormido al menos seis horas. Y eso sólo después de haberme tomado una cafetera llena. ¿No puedes esperar?

-Sé un ángel -me dice él, intentando ablan­darme con su delicioso acento británico-. Sa­luda al amanecer conmigo.

-¿Saludar al amanecer? Michael, no me ape­tece nada saludar al amanecer. No quiero salu­dar ni siquiera el mediodía.

-¡Imposible! ¿No quieres disfrutar del esplen­doroso día conmigo, tu autor favorito?

-Favorito no es para nada la palabra que se me ocurre ahora mismo -suspiro yo-. Y espero que en los agradecimientos me pongas por las nubes.

-Para mi soñada editora, el amor de mi vida: Cassie Hayes, sin la cual este libro habría sido imposible. Y sin la cual sencillamente me tum­baría en la cama y me dejaría morir. Porque la vida sin la hermosa y divertida señorita Hayes no merecería la pena.

-No está mal.

-Ella, con su gran sentido de lo sublime y su superior conocimiento de los participios.

-¿Y qué más?

-Que es simplemente encantadora antes del amanecer.

Yo suspiro, estirándome.

-Muy bien. Voy a ponerme el albornoz, y a hacer café.

-¿Estás desnuda, Cassie?

Michael Pearton es, posiblemente, el mejor es­critor con el que he trabajado en mi vida. Y tam­bién es un tipo muy misterioso. La fotografía que aparece en la contraportada de sus libros mues­tra a un hombre de pelo oscuro y sonrisa irónica, con una cicatriz en el mentón. Es guapo y parece peligroso. No nos conocemos en persona, pero llevamos mucho tiempo tonteando por teléfono. Es más, para ser sincera, llevamos mucho tiempo manteniendo sexo telefónico. Como no me acuesto con nadie en este momento de mi vida, tolero sus manoseos prealborada.

-Pues sí, Michael, estoy desnuda. Completa­mente desnuda. Y tengo los pezones duros por­que ya sabes que mi casa es como un congela­dor. Y ahora mismo estoy tapando dichos pezones con un albornoz y entrando en la co­cina descalza para poner la cafetera.

Me apoyo el inalámbrico en el hombro mien­tras me abrocho el quimono de seda, un regalo que me trajo de Singapur otro autor.

-Me gusta tanto que me digas guarrerías -sus­pira Michael.

-Y a mí me encanta que me llames de madru­gada.

-Te pones muy antipática cuando no has to­mado café, Cassie. ¿Sabes una cosa? Deberías pasarte al té, querida. ¿Has usado alguna vez el juego de té que te envié?

Enciendo la luz de la cocina y miro el juego de té que hay sobre la encimera. No lo he usado nunca, por supuesto. Es de plata y el asa de la tetera tiene un grabado muy barroco. Y aunque no pega con nada en mi moderno dúplex, me encanta.

-Sí, es precioso.

-Mientes fatal. Pero seguro que queda muy bien en tu casa.

-Michael ¿por qué sólo estás inspirado a las tantas de mi madrugada?

Afortunadamente, la cafetera ya empieza a hacer ruiditos.

-Es muy raro. Estoy dormido y me despierto de repente, sabiendo con toda claridad lo que debo escribir. Ah, y en la ducha. Me inspiro en la ducha. Ahora, cuando todo el mundo en Lon­dres está tomando un sandwich, yo tengo que terminar una escena. Es muy triste. Tengo un es­critorio de cerezo que cuesta veinte mil dólares, digno de la propia reina, pero no puedo escribir una sola frase sentado frente a él.

Sé que está desnudo en la cama, con su orde­nador portátil y una erección por compañía.

-Entonces, ¿tu inspiración te dice que David está preocupado por el desayuno?

-Sí. Se siente completamente frustrado por haber perdido el trabajo. Y ahora, como acto de desafío, lo veo comiendo huevos.

-Pues muy bien. Que coma huevos.

-¿Fritos, revueltos, en tortilla?

-Michael, ¿a quién cono le importa?

-¿Cómo que no importa? ¿Huevos pasados por agua, revueltos con setas?

-Creo haber mencionado un huevo frito y una loncha de beicon.

-Pero eso sólo ha sido un comentario. No lo has pensado bien.

-Pasados por agua.

-¿Tú crees? ¿Qué tal unos huevos Benedict? Entonces tomaría, además, esa terrible salsa ho­landesa.

-Me da igual, Michael. Si te hace feliz, ponle un plato de salsa holandesa. Son las cuatro y media de la mañana.

-¿Está listo el café? Esta mañana estás particu­larmente irritada.

-No conozco a un solo editor que soporte lo que yo tengo que soportar.

-Precisamente. Por eso tienes a los autores co­miendo de tu mano y Lou O'Connor tiene una de las editoriales más prestigiosas de Estados Unidos.

A pesar de todo, tengo que sonreír.

-El café está casi listo. Pronto volveré a con­vertirme en un ser humano.

Un par de minutos después me siento frente a la mesa de la cocina, separada por un océano del autor más popular de la editorial West Side. Michael escribe en su ordenador y yo tomo mi café y sostengo su mano a distancia mientras él desarrolla la escena. Ha estaba bloqueado. No podía pasar del capítulo catorce. Siempre le pasa lo mismo. En medio del libro pierde la es­peranza y se rinde. Se harta de la historia, de la trama, de los personajes. Y no vuelve a trabajar hasta que tiene una visión (normalmente de ma­drugada), me llama y hablamos durante horas hasta que sale el sol y, con él, la resolución de su crisis. Aunque yo creo que es una excusa para que le hable de mis pezones.

-Michael -bostezo horas después-, está sa­liendo el sol.

-Descríbemelo.

Salgo al balcón, que me ofrece la vista que una se puede permitir en un dúplex en Boca Ra­tón, Florida.

-El Atlántico está muy tranquilo esta mañana, de un azul zafiro. Veo una gaviota volando pe­rezosamente sobre el agua y un pelícano bus­cando comida. El sol asoma por el horizonte... es de color rosa y púrpura, porque aún sigue siendo un poco de noche. La luna comparte el cielo con el comienzo del sol. Ah, ahora sale del todo... es precioso, Michael.

La brisa marina me besa la cara.

-Se te da muy bien describir un amanecer, Cassie.

-Si no fuera por ti no los vería nunca, así que supongo que debo darte las gracias. Pero no pienso hacerlo, me voy a la cama.

-¿Puedes dormir después de haber tomado un café?

-Sí. Buenas noches, Michael.

-Buenos días, Cassie. Eres la mejor. Gracias.

-A ver si la próxima vez oigo tu voz después de comer.

Suspirando, me paso una mano por la mata de rizos negros que es mi pelo. Vuelvo a mi cuarto, bajo las persianas, me quito el albornoz v me meto entre las sábanas. Me encanta la de­cadencia de volver a meterme en la cama a estas horas. Pero antes de cerrar los ojos llamo a mi oficina.

-Lou, soy yo. Michael Pearton ha tenido otro ataque de los suyos. Hemos estado hablando por teléfono sobre el desayuno de su personaje hasta ahora. Y son las seis y media de la ma­ñana. Estoy agotada, así que llegaré a mediodía, si puedo.

Cierro los ojos, decidida a olvidarme de la oficina por hoy. Mi jefe me deja trabajar tres días desde casa, gracias al correo electrónico y al teléfono. Y porque me adora. Debería ir a la oficina los viernes, pero no lo hago casi nunca.

Desvío el teléfono para que no me molesten y me quedo dormida enseguida, soñando con una piscina de salsa holandesa.

A las once, oigo el teléfono supletorio de la co­cina. Cuatro llamadas, salta el contestador. Otra vez, cuatro llamadas, salta el contestador. Y de nuevo, cuatro llamadas, salta el contestador.

-¡Por Dios bendito, Lou! ¿Qué demonios quieres? -grito, tomando por fin el inalámbrico.

-¿Cómo sabes...?

-Eres la única persona que hace eso.

-Necesito que vengas a la oficina.

-Lo siento. Anoche estuve dos horas al telé­fono con nuestro neurótico autor británico. Iré a trabajar el lunes.

-Esto es grande.

-¿Qué quieres decir?

-Más grande que Stephen King, enorme. Yo podría ganar millones y tu comisión te resolve­ría la vida.

-¿Quién es?

-No puedo decírtelo.

-Lou, no estamos en el instituto. Aunque no creo que tú hayas ido al instituto. Tú eres de tos que se come a los suyos.

-Cassie, querida, tú entras y sales de la edito­rial como la diva que eres. Pero esta vez te or­deno que te levantes, te duches y vengas para acá. Incluso te serviré un café.

-Espero que merezca la pena.

-No te lo puedes ni imaginar.

Salto de la cama y vuelvo a la cocina para ha­cer café, mi único compañero masculino en un año y medio. Después de ducharme, me pinto los labios de rojo, seco mi pelo con un par de cabezazos, me pongo vaqueros y una camiseta y tomo la autopista A1 que lleva a las oficinas de la editorial West Side.

No sé por qué me vine a vivir a un sitio lleno de casas rosas y sol perpetuo. La verdad es que no pega con mi personalidad. Pero cuando Lou se mudó aquí desde Nueva York, me trajo con él. Él vino por la pesca y el sol. Para alejarse de Nueva York tras la muerte de Helen. Y yo vine porque vino él.

Tengo un Cadillac recién estrenado (lo com­pré por muy poco dinero a los herederos de un anciano que acababa de morir). Ese tipo de chollos abunda en Florida si no te importa tener cosas que hayan pertenecido a un muerto. Cuando Lou lo vio, pensó que me había vuelto loca.

«¿Un Cadillac amarillo? ¿Vas a conducir un plátano?».

Pero yo tengo claustrofobia. Me gusta condu­cir tanques.

-Buenos días, Cassie -me saluda Troy, el recepcionista/ayudante de la editorial.

-Buenos días.

-Tienes una pinta horrible.

-Gracias.

-De nada. ¿Café?

-Por vía intravenosa, por favor.

-Aquí lo tienes -dice Troy, ofreciéndome una taza-. En cuanto la acabes, te serviré otra.

Abro la puerta del despacho de Lou y entro sin llamar.

-Espero que merezca la pena. Hoy estoy par­ticularmente cabreada -le digo, dejando la taza sobre el escritorio cubierto de libros, y me siento en un sofá de piel color café.

-Ah, pues entonces como siempre.

-Si quisiera insultos, hablaría con mi madre.

-¿A que no sabes quién me llamó de madru­gada?

-¿Qué pasa con los autores y la madrugada, Lou?

-A ver, contesta.

-¿John Updike?

-Más importante.

-Ni idea -murmuro, llevándome la taza a los labios.

-Roland Riggs.

-¡Joder! -grito yo entonces, escupiendo el café.

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